Casi todas las bodegas tienen una columna en el catálogo que dice «clase A», «clase B» o «clase C». Alguien la llenó un día, con buen criterio, y ahí se quedó. El problema es que esa columna es una fotografía, y una bodega es una película. El producto que era estrella en marzo puede llevar meses saliendo a cuentagotas, y el que nadie pelaba quizá hoy sale todos los días. Mientras tanto, cada uno sigue guardado donde la etiqueta vieja dijo.
Esta semana quiero contar cómo resolvimos eso en Silodisa AI, porque es de las piezas más sencillas de explicar y de las que más metros ahorra.
01La clase se calcula, no se declara
En nuestro sistema de bodega ningún producto trae su clase puesta. La clase ABCD se calcula con lo que de verdad salió de la bodega en los últimos 80 días. Ni un pronóstico, ni la opinión de ventas, ni la etiqueta de hace dos años: salidas reales, lote por lote.
La regla es la de siempre, la de Pareto, pero con datos frescos. Se ordenan los productos de mayor a menor movimiento y se van acumulando: los que juntos explican la mayor parte de las salidas son A; el siguiente bloque es B; la cola larga es C; y los que en 80 días no salieron ni una vez son D. Esa última clase es la que más sorprende. Una bodega siempre tiene más producto dormido del que cree, y mucho de ese producto ocupa los mejores lugares.
La ventana de 80 días no está grabada en piedra. Es un parámetro, como todos los que usan los agentes: tiene una fuente, lo aprueba un administrador y cualquier cambio queda en la bitácora con quién, cuándo y qué valor había antes.
02Por qué importa en metros, segundos y pesos
En la primera entrega conté que cada movimiento de tarima lo convertimos en metros, segundos y pesos, y que una tarima que tarda tres minutos en moverse cuesta $4.75 con un montacargas a $95 la hora. La clase ABCD es lo que decide cuántas veces vas a pagar esos $4.75 por un mismo producto.
Un caso hipotético pero realista: un producto que sale veinte veces al mes, guardado al fondo del pasillo más lejano y en cuarto nivel, obliga a veinte viajes largos y veinte subidas lentas. Cerca del stage y en primer nivel, son veinte viajes cortos. La diferencia por viaje parece poca, uno o dos minutos; multiplicada por cientos de productos se vuelve horas de montacargas cada semana que nadie ve porque están repartidas en pedacitos.
03Lo que hace el Acomodador con eso
El agente Acomodador usa la clase calculada para proponer dónde va cada tarima que entra: pasillo y nivel. A los A les propone lo cercano y lo bajo; a los D, lo lejano y lo alto. No decide él; propone, con su nombre y el de su dueño humano al lado, y el supervisor ve la sugerencia y la razón.
Para lo que ya está guardado donde no debería, entra el Planificador. Se le pregunta como uno habla —«¿qué productos A tengo al fondo?»— y arma un plan de reacomodo que dice tres cosas:
Regla de siempre
Nada se mueve solo. El plan lo revisa, aprueba y manda alguien con autoridad, y antes de que una tarea llegue al montacarguista el sistema vuelve a checar que la tarima siga donde el plan la vio.
04Lo que nos enseñó recalcular
Tres cosas que aprendimos en cuanto dejamos de confiar en la etiqueta:
La primera: la clase se mueve. Hay productos de temporada que son A tres meses y C el resto del año. Con la ventana de 80 días el sistema los va subiendo y bajando solo, y el Acomodador propone cosas distintas en marzo que en septiembre. Con la etiqueta fija, eso no pasaba nunca.
La segunda: los D son más de los que uno quiere admitir. Verlos en una lista, con su posición y lo que esa posición vale, cambia la conversación: ya no es «hay que limpiar el rack algún día», es «estas tarimas ocupan estas posiciones que cuestan esto».
La tercera: el número tiene que poderse discutir. Junto a cada sugerencia está el botón «No estoy de acuerdo». Si el supervisor sabe que un producto que hoy parece C va a explotar la semana que entra por una campaña, lo dice ahí, y el dueño del Acomodador tiene que responder.
05El mismo cálculo, fuera de la bodega
Estamos llevando este enfoque fuera de las cuatro paredes: flota, cadena de frío en ruta, entregas con reloj de nivel de servicio y abasto en el punto de consumo. Ahí la pregunta es idéntica: ¿qué se consume de verdad, en qué punto y con qué ritmo? No lo que dice el catálogo ni el pedido de hace un año. Lo que salió en los últimos 80 días.
Varios de nuestros números siguen en rojo, y la ubicación de las tarimas es de los que más tardan en ponerse verdes, porque mover lo que ya está guardado cuesta. Pero por primera vez sabemos cuáles tarimas están mal, cuánto nos cuestan ahí cada día y en cuántos días se paga moverlas. Eso ya es otra bodega.